La castigada de la catedral
“Hubo una vez una campana a la que castigaron quitándole el badajo y condenándola a diez años de silencio. Su delito: haber matado a un muchacho en 1967. El lugar: México, en la Catedral Metropolitana. Los pormenores: la campana, en realidad una esquila de gran tamaño que aún mira desde la torre poniente a la Plaza Mayor, fue empujada por un muchacho que poco sabía de campanas y de quien nunca se supo el nombre. Fue durante un repique dominical cuando don Polo, el campanero mayor, no se daba abasto para accionar tanta campana al filo de las doce del día y multitud de muchachos surcaban las torres y las naves para hacer hablar a esos ángeles metálicos cuya lengua recuerda al alma cielos más límpidos. El muchacho que tocó a la que después todos conocerían como “La Castigada”, empujó el cuerpo descomunal de la esquila hasta hacerla girar sobre sí misma. Desconozco si la campana era tocada cada domingo desde que Paulo VI ordenó los repiques dominicales en todas las iglesias católicas del orbe. Hay otras campanas más sencillas: se toma la cuerda anudada a su badajo y con movimientos pendulares uno puede descoyuntarse el hombro pero disfrutar la alegría que emana del canto de estas sirenas. Por eso, siempre ha habido preferidas en Catedral: el Santo
Un comentario en “La castigada de la catedral”
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Somos campanas:
Si las campanas son como personas, hay también personas que son como campanas. Personas que exigen el sacrificio de otras y personas que se castigan silenciándose.
Parafraseando a Ana Clavel en Chilanga Banda.
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Vökuró
29 de June de 2006 a las 1:31 pm